viernes, 24 de julio de 2009

Noche que volverá

Con las nalgas adoloridas por esperar sentada más de una hora y con las manos llenas de sudor entré por la puerta que la enfermera indicó, me pidió que me quitara absolutamente toda la ropa y me pusiera una bata azul con franjas rosa pastel, hice caso a su petición y de pronto me sentí despersonalizada, ya no era yo, era una paciente con una cinta de plástico marcada con número en la muñeca, era la paciente de la cama 211. 
Los dos médicos que me atendían no se ponían de acuerdo, uno me preguntaba una cosa y al mismo tiempo el otro me preguntaba otra y pedía que me recostara mientras se ponía los guantes de latex que al poco tiempo estarían tocando mi sexo con fines médicos, según dijeron.
Pronto desapareció uno de ellos y sólo se quedó el que tenía los guantes de látex. Volvió a hacer las mismas preguntas que había hecho el anterior y las escribió en una computadora obsoleta.  
Me sentaron en una silla de ruedas y me llevaron a mi habitación en un elevador, al ver como me envolvían en una sábana, me sentí incapacitada inmediatamente. El cuarto olía a ese olor inconfundible de los hospitales, demasiado cloro para mi nariz. La paciente que yacía en la cama de lado se llamaba Blanca, su esposo es albañil y tiene gemelos de cuatro años que le llenan de orgullo los labios, habla muy suave, tanto que me cuesta escuchar lo que dice y sólo estoy a escasos dos metros de distancia, como no le escucho le digo que estoy muy cansada y quiero dormir, le digo buenas noches y ella dice algo, pero no se qué es. Volteo hacía el otro lado y duermo casi instantáneamente. Siempre traté de ser lo más cortés y agradable ante los médicos y enfermeras que deambulaban por mi habitación a horas en las que lo único que quería era dormir. Sacaban sangre, pedían muestras de orina, me ponían un aparato en la panza con un frío gel mientras revisaban temperatura cada hora, hacían las mismas preguntas una y otra vez...
Se que esta noche se repetirá próximamente y se que será peor, porque estaré pariendo una hija sin el apoyo de mi esposo a mi lado. 

martes, 7 de julio de 2009

Para Fernández Editores

Me caga que en las editoriales se hagan pendejos para pagar a las personas que trabajan para ellos, total si no tienen presupuesto, pues que pongan a sus empleados a trabajar más de lo que deben y no contraten gente externa a la que no le piensan pagar. Ya páguenme malditos.
Perdón, pero lo necesitaba. Fiiiiiu.